ACABAR CON LA MAFIA

ACABAR CON LA MAFIA

Hacer política no sólo consiste en crear y defender ideas de forma romántica, sino también en lograr que éstas incidan de manera práctica  en el mundo material. Para ello, no basta con tener claro el futuro que se sueña, se necesita además interpretar el presente que se tiene. Así, uno de los retos de la política es  desentrañar las causas profundas que subyacen acontecimientos aparentemente sencillos para saber aprovecharlos. Los cambios políticos pueden tener desencadenantes que, aun pareciendo insignificantes, escondan una oportunidad para quien sepa utilizarlos. Por ello, la transformación social no resulta  de quien más la desea, sino  de quien mejor  encuentra y acciona  los resortes para  lograrla.

Podríamos vernos tentados de entender la suspensión de militancia de Pepa Ferrando y la sanción de sus acólitos, como simple resultado de la voluntad de renovación, unida a cuitas y rivalidades internas del PP. Evidentemente, algo de eso hay. Sin embargo, no podemos perder de vista que las iniciativas judiciales contra la corrupción, los movimientos de aparente regeneración en el seno de los partidos e incluso el cambio en el discurso político dominante sobre ciertas cuestiones, no es fruto de la libre voluntad de los implicados, sino resultado de una movilización e indignación social profunda, sostenida y cada vez más poderosa que amenaza con lograr un cambio político. Ni Juan Carlos I abdicó del todo por gusto, ni a Pepa Ferrando la liquida del todo el Partido Popular. Es, en parte, resultado de la sacudida democrática que recorre este país desde el 15M hasta hoy, a través de mareas, plataformas, movilizaciones, trabajo cotidiano e iniciativas políticas de diverso cuño. No se mueven porque lo deseen, sino porque les movemos. No lo olvidemos. Que no nos roben la alegría de las pequeñas victorias.

Por otra parte,  Los Soprano, The Wire o  Gomorra, enseñan algo: la mafia es, en cierto modo, una exageración de la lógica de mercado. El beneficio por encima de todo. Cualquier código ético o humano queda, con contadas excepciones, subordinado a la ganancia monetaria y la lógica competitiva. Es por ello que los entramados mafiosos no dudan en deshacerse de sus peones cuando estos se tornan molestos para el negocio. Exceso de información, falta de rentabilidad o necesidad de un chivo expiatorio, tanto da  una cosa como la otra. No se duda en lanzar cuerpos al mar, conceder a los soldados el dudoso honor de jubilarse bajo dos palmos de tierra en un vertedero, invitarlos a una eterna excursión submarina o incluso, si procede, abandonarlos a la suerte de los tribunales. Del mismo modo actúa el Partido Popular en la Comunidad Valenciana. No es que sus dirigentes sean honestos servidores de la causa pública ansiosos por regenerar el partido, sino que la crisis de régimen por ellos mismos provocada, y la digna respuesta de un pueblo cada vez más consciente de la necesidad de cambio, los ha obligado a desprenderse de sus lastres en el desesperado afán por evitar el abismo. A Pepa Ferrando no la liquidan sólo por guerras internas. Ni siquiera por ser una (jurídicamente presunta) corrupta. Sino por ser una corrupta inútil. Un peón carente de valor. Soldado sin inteligencia que,  ya amortizada, deviene en molestia para el resto del clan, cuyos  miembros rivales pugnan por ascender en la cadena de mando.

Sin embargo, del mismo modo que la muerte o apresamiento de un capo napolitano no acaba con el problema de la mafia, sería absurdo creer que el fin de Pepa Ferrando supondría la limpieza del Partido Popular en Orihuela. El problema del bipartidismo en general y del PP valenciano  en especial, no consiste en que hayan tenido la mala fortuna de que unos cuantos corruptos se hayan aprovechado del sistema.  Todo lo contrario,  han promovido un sistema que funciona gracias a la corrupción. No hay manzanas podridas, es el agua con que se riega el manzano la que llega contaminada. Las corruptelas del PP oriolano no son efecto secundario de su poder, sino el cemento con que lo han armado. 

Volviendo, pues, al principio del texto, el valor  de la liquidación política de Ferrando, dependerá de la medida en que los demócratas sepamos interpretarla y  aprovecharla.  El PP, (u otros partidos similares) con absoluta independencia del nombre que lo encabece, seguirá siendo un problema para Orihuela. Su lógica  clientelar y corrupta no está en absoluto cuestionada. Ninguno de los supuestos mirlos blancos ha criticado en modo alguno la forma de entender economía y política en su partido. La división de la mafia oriolana no debe servir para abandonarnos a una pasividad suicida, sino para ilusionarnos hacia la participación democrática. Se abre una ventana de oportunidad en Orihuela que sería triste desaprovechar. Ciertamente,  el actual gobierno ha dinamitado, por motivos que aquí no tienen cabida, la ilusión con que se aupó al ayuntamiento. Tampoco olvidemos que ni si quiera se llegó a romper la hegemonía del PP, dado que sólo un puñado de votos los separó de la mayoría absoluta. Todo ello demuestra el trabajo pendiente y la necesidad política de construir una herramienta que aglutine a todos los que no sólo queremos ver fuera del gobierno al PP oriolano, sino que ansiamos un cambio democrático profundo y sostenido que arrase con todas su  herencias. En eso andamos y trabajaremos. Y sobre cómo lograrlo se dialogará el próximo jueves día 8 en la Lonja. Con la certeza de que transformar Orihuela requerirá mucha generosidad, poca autosuficiencia y una fuerte conciencia de que nadie, a día de hoy, tiene en su haber la quintaesencia del cambio ni el capital humano suficiente con que afrontarlo en solitario. O construimos un espacio donde encontrarnos, o la gaviota nos madruga de nuevo, con diferente nombre, pero  igual cagada.  La mafia está herida, aprovechemos para desangrarla. 

 

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