Bulos para mulos

Bulos para mulos

Claro que me indigna, aunque tampoco demasiado, que haya bulos circulando por ahí que pretenden hacer creer cosas que son mentira. O, más que mentira, absurdos imposibles. Y me molesta, si bien no tanto, que haya quien difunde esas manipulaciones groseras de la realidad para intentar crear estados de opinión. Sí, me sabe mal. Pero no tanto como puedan suponer. Porque lo que de verdad me sabe mal, me molesta y me indigna, y, para qué decir otra cosa, me preocupa bastante más que todo esto es que haya quien esté dispuesto a creerse tamañas barbaridades como las que venimos leyendo y escuchando estos días. Leyendo en mensajes de dudosa procedencia que nos llegan por grupos de wassap, por el Facebook, o por páginas de internet que te saltan cuando estás realmente en otra cosa. Oyendo en audios del mismo origen desconocido que, por los mismos medios, nos cuentan auténticos despropósitos sobre conspiraciones mil. Menos mal que nos van a poner verificadores, censura previa y monitorización de la información... Y nosotros contentos unos, indignados otros, porque nos engañan o porque nos reducen libertades respectivamente.

Me toca mucho las narices que haya quien cae en estos engaños obscenos creyendo cosas que, simplemente, son imposibles. Y me sulfuro porque me hacen preguntarme qué clase de educación hemos recibido varias generaciones de españolitos, con tanta ley educativa que siempre ha dicho procurar el formar personas con capacidad crítica para poder decidir por sí mismas en la vida. Porque son personas de todas las edades y condiciones las que me he encontrado creyendo a pies juntillas bulos como pianos que se ven venir a kilómetros. En resumen: que no alcanzo a ver dónde se nos quedó aquela capacidad crítica.

Me apena realmente pensar que haya quienes tienen todo el derecho del mundo a dar su opinión, faltaría más, pero a quienes la sociedad les ha (les hemos) fallado a la hora de generar un sistema educativo que, cuando menos, enseñe a pensar, y no en qué pensar. Y ni educación pública, ni concertada, ni privada, créanme, que este virus también ataca sin discriminar. Opinan, sí, pero terminarán haciéndose daño por ello.

Pero duele especialmente constatar que en este juego de hacer y dejar correr bulos haya quien hoy caiga en la trampa, como en los viejos fraudes del tocomocho o de la estampita, porque en el fondo tienen tanta mala intención como quien le engaña. Si en el primero el listo caía estafado al intentar aprovecharse de alguien que no podía cobrar un billete de lotería premiado falso, y en el segundo se trataba de beneficiarse burdamente del supuesto tonto que lanzaba billetes al aire, en el caso de los bulos encontramos muchas veces víctimas muy poco inocentes, que han querido en el fondo ser más listos que su estafador.

Tengan claro que no habría bulos si no existiera quien estuviera dispuesto a creérselos, porque generarlos sería un esfuerzo inútil. Eso se soluciona con educación de verdad, un fondo mínimo de sentido común y una perspectiva crítica objetiva. Pero tampoco los habría si no hubiera quien juega con el bulo creyendo que puede ponerlo de su lado y a su favor aun a sabiendas de su categoría de mentira. Y de las grandes.

Pero en fin, en ello andamos en estos extraños tiempos: intentando engañar a quien nos engaña, e indignándonos sonoramente cuando no nos sale bien el truco. 

Estén atentos, por si acaso.

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