EDUCACIÓN Y LAICISMO EN SEMANA SANTA

EDUCACIÓN Y LAICISMO EN SEMANA SANTA

Como ha puesto de relieve Daniel Dennet, “es preciso cambiar el clima propiciado por quienes sostienen que la religión está por encima de toda discusión, de toda crítica y de todo desafío”.  Y es que cada vez resulta más irritante el tono de superioridad moral con que las jerarquías católicas miran a quienes, creyentes o no, ante el problema de cómo afrontar la convivencia civil o la organización de la enseñanza adoptan una postura laica. Y es irritante no sólo porque ignoran la evidencia de que una buena parte de los desastres morales de todos los tiempos se han producido en nombre de creencias religiosas. O porque olvidan la sorprendente facilidad con la que sus credos concilian prácticas políticas y económicas que, como las dictaduras más crueles, los nacionalismos más excluyentes y el capitalismo más despiadado, son la causa de la miseria y sufrimiento de millones de seres humanos. 

Es irritante e inaceptable, sobretodo, porque desde su perspectiva intemporal y eterna, pretenden escamotearnos más de dos siglos de pensamiento ilustrado. En 1793, al inicio del prólogo a la 1ª edición de La religión dentro de los límites de la mera razón, Immanuel Kant, un filósofo nada sospechoso de ateísmo, ya asienta esta incontrovertible afirmación: “La moral no necesita de la idea de otro ser por encima del hombre para conocer el deber propio, ni de otro motivo impulsor que la ley misma para observarlo”. Es decir, la moral (como tampoco la política o el derecho, según habían mostrado con anterioridad Maquiavelo y Hugo Grocio) no necesita en modo alguno de la religión; se basta a sí misma porque encuentra suficiente sustento en la racionalidad humana. Por tanto, a partir de ahí:

•Debe admitirse, en primer lugar, la idea de que no es la religión la que confiere cualidad moral a las personas, sino una condición anterior y universal: la dignidad humana. La religión reconoce, qué duda cabe, dignidad personal a los creyentes, pero establece una separación insalvable entre los creyentes y los no creyentes, a los que generalmente condena y asigna categorías estigmatizantes: “pecadores”, “infieles”, “hijos de las tinieblas”, “herejes”, “paganos”, etc.

 

•En segundo lugar, también debe admitirse la idea de la esencial igualdad moral de los seres humanos al margen de sus convicciones religiosas; igualdad que constituye no sólo el fundamento de la ética y de los derechos humanos, sino el fundamento de toda política justa, porque exige del poder un tratamiento no discriminatorio de los ciudadanos en función de sus diferentes creencias religiosas.

Todos nuestros niños, adolescentes y jóvenes deberían tener acceso, pues, a una formación que les permitiera en su día tomar decisiones informadas y considerar sus opciones ideológicas (incluidas las religiosas) de la forma más libre y responsable. Ahora bien, la libertad de conciencia sólo es posible a partir de una conciencia educada en libertad. En este sentido, el modelo de estado laico que determinan las dos coordenadas anteriores es el único que puede garantizar, mediante la universalización de la escuela pública, el pluralismo ideológico y la libertad de pensamiento. Muy al contrario, sucede en nuestro país que el confesionalismo imperante en la práctica, evidenciado entre otros hechos por el creciente peso de la escuela religiosa concertada y las recientes disposiciones educativas plasmadas en la LOMCE, no sólo no garantiza la libertad de conciencia, sino que la obstaculiza. ¿Tan poco importa a tantos padres la libertad de pensamiento de sus hijos?

 
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