EL FORO

EL FORO

Hace unos días, a su vuelta de viaje desde “La Ciudad Eterna”, mis padres me trajeron de recuerdo un libro en el que se mostraban sus ruinas junto con el aspecto original de muchos de los vestigios presentes en Roma. Destacaba por encima de todos ellos las ruinas del antiguo Foro Romano. Hoy es un impresionante montón de piedras lo que en otro tiempo fue el ombligo político y económico del mundo occidental. Las referencias que tenemos de aquella época son muy diversas, hay libros académicos de historia, pero al común de los mortales lo que más nos ha llegado son las referencias en el cine, la televisión o las novelas históricas (en este apartado me permito recomendar las obras de Santiago Posteguillo). 

El Foro de Roma fue el primer referente claro que tenemos de la política moderna. Allí empezó todo, los “partidos” políticos aglutinados alrededor de familias y patriarcas, las intrigas internas y externas, y sobre todo tenemos referencias de las traiciones, estas sí, casi todas internas. Aquella sí era una política de “Casta”, no voy a entrar en este tema aunque Podemos. La política que se ve hoy día se sigue pareciendo mucho a la de aquel Foro, aunque gracias a dios no se ven apuñalamientos por la espalda en la escalinata, o al menos no literalmente.

Hoy el nombre del Foro sirve de raíz a una de las palabras de moda: Aforado. Es en este tema en el que me gustaría reflexionar un poco. Para comenzar, no me declaro contrario al aforamiento de jueces o políticos. Sin ser jurista, siendo sólo ciudadano, entiendo que el aforamiento de algunas personas es conveniente como garantía de la separación de poderes y para garantizar la independencia de los jueces. Es lógico que a un jefe del estado, un presidente de gobierno o incluso un presidente autonómico, no lo puedan encausar en un juzgado ordinario. Tiene sentido que las denuncias que pueda haber contra estos cargos políticos las tenga que dirimir una instancia superior, de esta forma se dificulta que se pueda entorpecer el ejercicio político de esto cargos democráticamente elegidos por el pueblo.

Pero hasta aquí, no más. El problema del aforamiento proviene como en tantos otros casos del abuso indiscriminado y de la manipulación de su razón de ser. El ejemplo más palmario lo tenemos en Les Corts y el PP valenciano. En la última campaña autonómica el PP confeccionó unas lista plagadas de imputados por diferentes delitos, muchos por corrupción política. Aquí hay relación de CAUSALIDAD, no confundir con la casualidad. Los diputados fueron elegidos por su condición de imputados (ya lo fueran en aquel momento o fueran a serlo en breve). No lo digo yo ni me lo invento, lo dejó muy claro un concejal  del ayuntamiento de Orihuela (con ataque de sinceridad), que sin ruborizarse se quejaba del desamparo por parte del PP al no aforar a ningún concejal imputado de Orihuela en contraste con lo que su partido había hecho en otros casos similares en Alicante o Torrevieja. Con el tiempo hemos comprobado lo acertado de aquellas declaraciones radiofónicas que incluso se quedaron cortas. Fueron muchos más los ejemplos sin necesidad de salirnos de la comunidad valenciana. 

Ejemplo claro de abuso de aforamiento es el caso de Milagrosa Martínez, alcaldesa de Novelda y diputada autonómica hasta hace pocas fechas. Cualquier jurista puede dar fe de lo complicado que es probar los delitos políticos como la prevaricación o el cohecho (propio o impropio) pero se hace casi imposible si añadimos el escudo del aforamiento como ha hecho la citada alcaldesa sin ningún rubor. Veamos, un juzgado investiga y detecta pruebas de delitos en el cargo político, este es rápidamente “aforado” y toda la investigación tiene que transferirse a una instancia superior que se ve obligada a asumir parte o la totalidad del caso, y revisar y en algún caso rehacer la instrucción. Esto alarga el proceso, que se retrasa aún más con las continuas trabas legales de la defensa que se acompañan sin rubor de las típicas declaraciones de “vamos a colaborar con la justicia” o “lo que queremos es que el juicio sea lo más pronto posible para demostrar mi inocencia”, todo sin sonrojo. Cuando el juzgado consigue superar todas estas trabas, de repente, el diputado en cuestión dimite, ¿de todas sus responsabilidades? No, ¡que locura! Dimite de su cargo de diputado (su ética personal no tiene problema en seguir siendo alcaldesa) y deja de ser aforado, con lo que retrasamos más el caso que debe volver al juzgado ordinario que continua la instrucción con su correspondiente dilación del proceso. Con un poco de suerte, y si los impedimentos administrativos se usan “adecuadamente” conseguiremos el efecto Fabra; vamos, que no será juzgado y si lo  es, para cuando termine el proceso, todos entenderemos que no debe cumplir la pena por su avanzada edad. 

Con todo esto surge en el debate público la polémica sobre el aforamiento del rey o sobre la reducción de los aforados. Recuerdo una cena en la que tenía la tele puesta y escuche al rey decir, sin torcer el gesto, que “todos somos iguales ante la ley”, eso lo decía él que era “inviolable”, y ahora que no lo es se crea la polémica sobre su aforamiento “express”. Yo creo que lo del rey es como el mago que agita la mano izquierda en alto mientras cambia las cartas con la derecha, no hay que distraerse con un tema que con toda seguridad es menor. Lo que tenemos que hacer es vigilar la mano derecha e impedir los abusos. ¿Limitar los aforamientos? Seguro, pero en cualquier caso lo más importante sigue siendo controlar y penalizar el abuso que se hace de estas prerrogativas.

 

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