Habrá gobierno, pero no nuestro

 

Resulta sorprendente que aún haya quien siga reprochando a Ciudadanos, tanto desde dentro como desde fuera, incluso desde esa zona de penumbra de los que tienen un pie fuera y otro dentro sin decidir si son o están todavía, que perdimos nuestra oportunidad rechazando una mayoría de 180 diputados con la suma de nuestros 57 y de los 123 socialistas tras las elecciones del 28 de abril. Personalmente, lo único que me produce cierta duda es saber qué habría pasado si la oferta de conformar de algún modo esa mayoría se hubiera puesto encima de la mesa por Rivera en mayo, en lugar de en septiembre. Reconozco que podría haber servido para poner en un aprieto a Sánchez con una propuesta constitucionalista en la línea de la ya pactada anteriormente aquel 24 de febrero de 2016, el día del pacto del abrazo, día infructuoso ante el bloqueo de Unidas Podemos y Partido Popular entonces. Pero no tengo dudas cuando creo que no habría realmente sido útil para nada más. Mi duda se diluye, he de confesar, a la vista de la actitud desde aquel momento de Sánchez, un político que como respuesta a aquel bloqueo inició un giro hacia su izquierda y hacia el necesario complemento numérico de siempre del nacionalismo separatista, sin rubor alguno, hasta el punto que, desenmascarado, llegó a ser defenestrado por su propio partido ante su extraña deriva, un partido que a partir de ahí, y por ello, ha domesticado laminando cualquier intento de crítica interna.

Para Sánchez, cerrada la primera opción moderada, no había por qué insistir, sino radicalizarse hacia la izquierda cuanto y hasta cuando conviniera. Y por esto el propio PSOE provocó la caída de Sánchez con la dimisión de 17 de los miembros de su ejecutiva federal el 28 de septiembre de 2016, tras el peor resultado socialista en unas generales, tres meses antes, con 85 diputados, y tras superar el anterior récord negativo de 90 diputados en diciembre de 2015. Fue Felipe González quién llegó a tildar a Sánchez de mentiroso al asegurar que este le había prometido que se abstendría para permitir un gobierno de Rajoy tras su debacle. Y fueron los propios socialistas quienes empujaron a la dimisión a su secretario general tras un escandaloso comité federal un 1 de octubre, glorioso para la historia del partido de la rosa, en el que se intentó hasta un fraude electoral por Sánchez y los suyos, nada menos que con una urna tras una cortina.

La dimisión de Sánchez el 29 de octubre  de 2016 parecía traer cierta paz, pero no fue así. Los años de desmanes de la corrupción en el seno del PP, puestos de manifiesto por una sentencia, la del caso Gürtel, y la tozudez de Rajoy en no abrir paso a una verdadera regeneración, todavía hoy pendiente, daba una excusa perfecta a Sánchez en junio de 2018, a alcanzar la Presidencia del Gobierno, sin ser diputado -hecho inédito en España hasta entonces-, tras su victoria en las primarias del PSOE un año antes. Y lo hizo mediante una moción de censura en la que se alió con el mismo diablo, y al que solo engañó esa vez, porque fueron los diputados de ERC y JuntsxCat los que no le permitieron seguir en el gobierno al tumbar los presupuestos de 2019. ¿Estamos dispuestos a creer de verdad que ese diablo dejará pasar la oportunidad de humillar a Sánchez, y con él al Estado español, después de que los engañara una vez? Son nacionalistas, pero precisamente por eso, no tontos, y nos lo demostrarán. 

Esa trayectoria, la de Sánchez, la de alguien que ha dejado de lado los escrúpulos porque un día descubrió que con ellos en su bagaje se lo jugaba todo, y que por el poder, su único objetivo, no cabe respetar principios o criterios algunos es la que sirve para explicar que estemos ante un tipo que, sin pestañear, de no dormir pensando en ministros de Podemos pasa en solo en apenas unas semanas a cerrar un acuerdo de gobierno, del que aún desconocemos su contenido real, con el mismo Iglesias, el que cuatro meses antes solo era objeto de veto personal, por él mismo y por sus políticas.

Por eso no tengo dudas de que, salvo sorpresa que solo vendrá provocada por un anhelo mayor del propio Sánchez, tendremos gobierno en España en las próximas semanas. Porque Sánchez volverá a virar sin empacho alguno, si de hecho no lo ha hecho ya, hacia las posiciones que su propio partido prohibió en 2016. El PSOE se va a entregar así, sin sofoco, o con él y tirando por la borda una historia de años de progreso constitucional, a quienes solo buscan colapsar el Estado, destruir nuestro sistema democrático construido tras una transición modélica que hoy hay que poner en duda solo porque es la excusa, precisamente, para buscar soluciones drásticas a problemas que surgen de la manipulación de la verdad y de la verdadera memoria.

Habrá gobierno en España, o en lo que quede de ella después de las negociaciones y pactos entre socialistas y nacionalistas, y entre estos, que no entre los primeros, estará el PSC, absolutamente vendido al nacionalismo catalán y condicionante último, como una auténtica quinta columna en Ferraz del más feroz separatismo, de las nuevas posiciones sanchistas.

Habrá gobierno porque Sánchez ha demostrado su desvergüenza asumiendo que un desafío secesionista, la violencia callejera en Cataluña promovida por cargos públicos, la sedición de estos declarada en una sentencia del Tribunal Supremo, e incluso sus advertencias de hace solo un mes de activar el art. 155 de la Carta Magna frente a lo que entonces era "violentar la Constitución", hoy es solo un "conflicto político que debemos resolver políticamente", como ha llegado a escribirse literalmente tras la última reunión con ERC, en una mesa donde se sienta un imputado judicialmente por los hechos del 1 de octubre en Cataluña. Somos, desgraciadamente, la imagen de la vergüenza y la falta de dignidad.

Quizá quienes achacan a Ciudadanos que no aprovechamos la oportunidad tras el 28 de abril, más allá de asumir de una vez por todas que aquella alternativa nunca estuvo a la mano con un PSOE ya vinculado a Podemos como "socio preferente" y con pactos con EH Bildu, que se sospechaban y han terminado siendo realidad en Navarra a nivel de ayuntamientos y en materia de presupuestos, debieran recordar que de haber sido así hoy estaríamos aliados a un partido nacional que, a imagen del PP antes,  también cuenta ya con dirigentes que por su labor de gobierno han sido condenados. Condenados por defraudar en Andalucía casi 680 millones de euros. Pero no importa, porque nada, dicen que ver con el PSOE. Como si esos cargos los hubieran obtenido por designio divino ...

Nosotros nos equivocamos, sí. En los tiempos y en los mensajes. Pero no en la esencia. Hemos caído en la trampa de creer que se nos entendía sin más, que bastaba dejar que el electorado se diese cuenta por si misma de lo que nosotros veíamos. Y no era así, básicamente porque creemos que todo el mundo está en el complejo análisis de una realidad que nos envuelve y nos aísla: la política. Solo así se explica que no hayamos visto venir el último fraude de Sánchez: reclamar un cordón sanitario sobre Vox, el partido que él ha procurado favorecer con sus tácticas de tensión máxima, lanzando en sus brazos a todo el que no se alinee con él, en una suerte de “o yo, o nada”, para terminar dándole entrada con una Vicepresidencia, la cuarta, en la Mesa del Congreso, algo que era un auténtico sacrilegio democrático si lo defendían PP y Ciudadanos. Si Sánchez ha sido capaz de sacrificar ese veto al ultra reclamado desde lo sublime de sus principios, ya desaparecidos por lo visto, imagínense qué no hará para conseguir ser investido por populistas y separatistas. Lo de los ministerios, lo avanzo ya, será lo de menos. Hoy no hay nadie en España más feliz y esperanzado que quienes quieren verla arrastrada por el barro y desgajada en pedazos.

Todos hemos caído en la trampa de quien ha jugado a polarizar el país mismo, arriesgándolo todo porque su partida es a todo o nada, aunque la ganancia sea escasa. Porque si la hay, será toda suya. Y solo suya. Por eso habrá gobierno, y a cualquier precio, que pagaremos todos. Un gobierno que será suyo, y solo suyo. Nunca nuestro. Preparémonos para tiempos oscuros, que es la democracia, porque es, al fin y al cabo, lo que hemos votado libremente. O eso debemos suponer.

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