Ideología y traición en el centro político

Ideología y traición en el centro político

Quisiera haber encontrado la forma de dirigirme a mis compañeros de Ciudadanos exclusivamente, pero ni sé cómo hacerlo ni creo que sea sano del todo encajonar el debate en las siglas. Por ello, no sigan leyendo si no se ven llamados a hacerlo. Déjenme en cualquier caso que les cuente…

En la primavera de 2007, sin conocer de mi ayuntamiento en Orihuela, Alicante, poco más que el nombre del alcalde, y sin más referencias sobre política que ser algo de siempre entre PP y PSOE, me animé a intentar compaginar mi profesión de abogado con un acta de concejal. Poco antes de ese momento había salido a la luz un escándalo político-empresarial en mi localidad: el caso Brugal. Empezábamos a pensar que algo pasaba que no nos contaban…

Mi estreno fue de relleno en una lista de gente joven y, supuestamente, preparada que quería cambiar cosas, sin saber bien qué y con corta experiencia real anterior de solo un par de los integrantes del grupo. Los demás, ni idea de lo que era un Pleno municipal. Para qué decirles si nos hubieran preguntado entonces por las competencias impropias… Sacamos un concejal inventando un partido local que se llamaba de “centro”, “liberal” y “renovador”, que era como no atarse a nada previo. Un concejal y a la oposición frente a un PP todopoderoso, omnipresente en mi ciudad de manera ininterrumpida desde 1987. Así llegamos a 2011, mejor que peor, con servidor echando una mano desde la retaguardia. Aprendimos algo y con un par de pactos ante las elecciones locales de 2011 nos colocamos en cuatro concejales. No debimos hacerlo mal.

Ese 2011 empezó el verdadero tormento, y verán por qué. Esos cuatro concejales rompimos el dominio absoluto popular en Orihuela, y como centristas liberales pactamos relativamente bien, aunque no sin varios sobresaltos de novatos ante viejos zorros políticos, una extraña mayoría con Los Verdes y PSOE, alumbrando un gobierno tripartito de centro-izquierda-ecologista, nada menos. Pero si estábamos convencidos de algo era que con nosotros llegaba al ayuntamiento la sociedad civil local, a trabajar sobre todo por el interés común de nuestros vecinos, y alejados de la corrupción de gobiernos anteriores. Para ello debíamos “desideologizar” (días me llevó decir de un tirón la palabreja) el gobierno local. Pues la primera en la frente: mi ánimo desideologizador me hizo votar en sentido distinto al acordado por mi grupo en la primera votación del Pleno. ¡En la primera! Y es que yo era un tecnócrata, oiga, no un político. Estuve a un tris de dimitir y dejar el acta en aquel momento. En la primera ocasión.

Aprendí la lección y volví al redil. Porque aprendí, sobre todo, que en política hay que tener un objetivo y un equipo. Y que ese equipo debe trabajar codo con codo convencido de que el objetivo es sagrado, pero consciente también de que en el tablero juegan otras piezas, normalmente más experimentadas en estrategias, tácticas y, por qué no decirlo, trucos y trampas. Y por eso hay que estar muy atento, porque en política casi nunca el camino bueno es el más corto. Es más: el objetivo mismo cambia, no en esencia, pero sí en cantidad y calidad, porque la negociación y el acuerdo siempre exige cesiones. Pero, sobre todo, asumí que alcanzar el final depende muchas veces de la imagen de equipo que ofreces a quienes confían en ti. El aprendizaje fue duro, tanto que de aquel grupo de cuatro concejales quedamos dos al final, descubriendo a mazazos cada seis meses todo lo concerniente al transfuguismo político. Aquel gobierno tripartito duró exactamente dieciocho meses, tiempo en el que ecologistas y socialistas pensaron eso de que mejor solos que mal acompañados y que, para estar en minoría, mejor sin los centristas liberales que con nosotros. Y así, hasta mayo de 2015, treinta meses, nada menos, de parálisis municipal en Orihuela, convulsión política con moción de censura fallida incluida, y pérdida de oportunidades para los vecinos por haber vuelto la cosa a enfangarse en la dichosa ideología.

Por eso pensaba yo ya en irme a mi casa muy harto de política a principios de 2015, después de ocho años de aquella otra primavera en la que ignoraba quién más había en un ayuntamiento aparte del señor alcalde. Pero no llegué a irme…

No me fui porque en mi camino se cruzó Ciudadanos y la propuesta de encabezar un proyecto en Orihuela de centro, liberal, alejado de la derecha y de la izquierda, pero sin reparos en poder pactar a ambos lados en el mejor y mayor interés de tus vecinos: desideologizado. Un partido nacido en Cataluña del cansancio ante la ocupación del espacio por el nacionalismo y basado en un movimiento civil que reclamaba para todos igualdad y libertad. Solo eso y nada menos que eso dando el salto a toda España. Se dijo que sí y, pese al temor del recuerdo de la experiencia anterior en el electorado, conseguimos entrar en el ayuntamiento con tres concejales, volviendo a romper la presumible vuelta del PP al poder en solitario tras el lío verdirrojo anterior. No favorecimos ninguna investidura, y los populares recuperaron la alcaldía solo por ser los más votados. Pero colaboramos desde la oposición y terminamos entrando en gobierno a los casi veinte meses de mandato. Y no parece que lo hiciéramos mal cuando esos tres concejales naranjas de 2015 son hoy cinco desde 2019 y seguimos gobernando en Orihuela con un alcalde popular al que tampoco votamos en la última investidura. Negociamos a ambos lados, derecha e izquierda, y con nuestro programa y nuestro objetivo como fin, asumiendo, como siempre, que el camino bueno no es casi nunca el más corto.

En las últimas elecciones dejé la posibilidad de ser concejal en mi ciudad por la de ser diputado nacional en Madrid. Y gané la inmensamente grata experiencia de solo unos meses de 2019 en la famosa XIII Legislatura que empezó tan bien un 28A y terminó tan mal un 10N para Ciudadanos. Pero sigo en este partido pese a todas las dudas y la confusión por lo que ha sucedido. Sigo porque más que nunca me reafirmo en mi posición centrista y liberal y porque nadie la representa salvo Ciudadanos. Permanezco en esa, cada vez creo que más, necesaria desideologización de la política para ponerla al servicio de todos, no solo de aquellos con los que comparto color político. Me quedo aquí porque en una época de crisis de todo tipo, una detrás de otra cuando no todas a la vez, de valores, de modelo socioeconómico, de abismo al que se asoma una cultura política que se ha conformado en los últimos setenta años pero que hunde sus raíces más antiguas en el pensamiento ilustrado y revolucionario de mediados del siglo XVIII, sé que este ha sido siempre mi sitio. Incluso ante el actual aparente apocalipsis en forma de crisis sanitaria que nos impone restricciones tan importantes como la de salir de casa.

Desde 2007, cuando llegué de rebote a la política local de mi ciudad, me he preocupado por buscar caminos para hacer la Administración más eficaz, menos costosa, más ágil y menos invasora. Es una herramienta para la ciudadanía, no un fin en sí mismo. Y eso no se consigue con ideología, que es la doctrina preestablecida que te indica cómo se hacen las cosas más allá de la realidad de esas cosas que tienes que hacer. Se consigue con ideas, que no son de derechas o de izquierdas, o que son de los dos lados si sirven de verdad, con análisis de los problemas y aplicación de soluciones, sin cortos plazos ni sumisión a dogmas y dictados previos. Eligiendo el camino que, en cada momento, te sirva para llegar al objetivo. Aunque no sea el más corto. Nunca suele serlo.

Y por eso después de tantos años sé que estoy donde quiero y debo estar. Por coherencia. La misma que oigo reivindicar estos días a varios compañeros, como en otras ocasiones, cada vez que Ciudadanos ha vivido una crisis interna, para justificar que lo dejan porque ya no comparten el camino que su partido ha tomado, esta última vez, por apoyar una prórroga del estado de alarma decretado por la crisis del Covid19. Con todos mis respetos hacia ellos, me recuerdan a aquel concejal novato confundido y frustrado que votó en un arranque de dignidad contra la consigna de su grupo en el primer pleno en el que participó. Que lo hizo porque tenía claro el objetivo a alcanzar, pero no tanto que el camino corto no fuera el más adecuado. Esos compañeros, tanto los que se marcharon porque no nos acercamos al PSOE en los febriles meses de 2019 como los que se van ahora porque nos hemos acercado demasiado, tienen todo mi respeto. Primero, porque atesoran una experiencia que yo aún no alcanzo seguramente; y segundo, porque han puesto encima de la mesa algo que en política es fundamental: coherencia. Aunque sea su modo particular de verla. Creo que es su perspectiva sobre esa coherencia la que les hace acertar al tomar la decisión. Mi perspectiva es diferente: creo que se equivocan. Unos y otros. Y creo honestamente que soy tan coherente como ellos en mi planteamiento, solo que quizá he logrado finalmente aquello que me propuse cuando llegué aquí: desideologizarme. Pero sin renunciar por ello a que sí hay, al menos, algo insoslayable: el equipo trabaja unido para llegar donde se ha propuesto llegar. Y se habla y se decide, pero cuando se decide entre todos no se discute de nuevo. Y por eso tengo la absoluta seguridad de mantener vigente el mismo objetivo que todos ellos, los que abandonaron antes y los que se van ahora: una sociedad más igual, más libre y más justa, para todos. Quizá haya logrado en este aspecto tecnocratizarme (otro palabro…) de tal modo que estoy tan convencido de que 57 diputados no podíamos ceder al chantaje de Pedro Sánchez el año pasado como de que tampoco 10 diputados ahora podían dejar de negociar con ese mismo Sánchez para condicionar un sí a prorrogar el estado de alarma actual. En el primer caso porque era un compromiso y la desconfianza en un Sánchez rey de la mentira está demostrada; en el segundo caso porque se debe seguir manteniendo la crítica a una gestión negligente, cuando menos, aportando activamente en las circunstancias especiales y extraordinarias que concurren sin poner en riesgo a los rehenes, que somos todos, de este raro secuestro.

Desde mi humilde posición de ser el último de todos los que estamos y hemos estado aquí les reprocho, esto sí, a los anteriores y a los de ahora, que su justificación para marcharse sea algo tan sutil como un mero matiz en el modo de defender los derechos de los españoles en el Congreso. Porque no hay más que eso realmente y nadie pone en cuestión que la defensa misma de esos derechos está por encima de todo y prima sobre lo demás. Veo anécdotas convertidas en categorías, lo que me sume en una doble confusión: porque contemplo personas admirables e íntegras hasta decir adiós; pero creo adivinar también falta de perspectiva en asumir el objetivo, que hay un camino correcto que no es el más corto y, sobre todo, que transitamos un terreno de juego minado sobre el que debes moverte con astucia y prudencia, porque jugamos para todos mientras otros juegan solo para su bando. Y que la prudencia se identifique con algo semejante a la traición me duele mucho, porque se vuelve a difuminar esa perspectiva de un equipo que lucha codo con codo por llegar hasta donde se ha propuesto llegar.

Sé lo que es echar de menos a tu equipo porque me inicié en esta maravillosa aventura poniendo en riesgo al mío el primer día. Sé por ello lo que cuesta recuperar esa confianza dentro, sobre todo cuando no hay una bandera que izar o un dogma ideológico al que acudir en caso de duda. Pero por eso no somos como otros. Somos centro. Nadie dijo que fuera fácil. Tampoco que sea imposible si somos capaces de encontrar el camino correcto.

 

Juan Ignacio López-Bas Valero, ex concejal y ex diputado nacional.

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