Nadie dijo que fuera fácil. Nadie nos perdonará que no lo expliquemos

Nadie dijo que fuera fácil. Nadie nos perdonará que no lo expliquemos

 

Mi partido político, Ciudadanos, posiblemente el suyo en algún momento, bien por convicción bien por simpatía, nació con un solo propósito, y no era el de ser ideológicamente de derechas o de izquierdas. Más allá de esa dicotomía tradicional, nació como reacción ante el nacionalismo en Cataluña, ante ese mismo nacionalismo cuyos máximos representantes actuales, en su desesperada huida hacia delante para disimular el cobijo de la sombra del padre Pujol, no han dudado en atacar y pretender demoler las instituciones del Estado, las mismas que les legitiman democráticamente, para tapar las vergüenzas de más de veinte años de silencio cómplice por el 3% que unos se embolsaban y otros, acomplejados o también parte del cocido, veían pasar callados como tumbas. Surgió rabioso ante el obsceno espectáculo de un Pasqual Maragall, President de la Generalitat de Catalunya un 24 de febrero de 2005, que en el Parlament espetó a Artur Mas, anterior President y entonces liderando oposición y Convèrgencia, un sonoro “vostès tenen un problema, i aquest problema es diu tres per cent”. El PSC parecía destapar así un secreto a voces: el nacionalismo era corrupción y la fortuna personal de los Pujol no parecía proceder en su totalidad de la herencia del abuelo Florenci, algo que se aclarará de aquí a no mucho, según pinta la cosa. Pero ese partido no apareció solo por el descubrimiento de los tejemanejes convergentes, sino también, y en gran medida, por la posterior cooperación necesaria, y silenciosa, de muchos socialistas catalanes que, tras tirar la piedra, fueron capaces de pedir perdón a quien antes habían acusado. Artur Mas aceptó las disculpas de Pasqual Maragall y retiró la querella por calumnias que le había interpuesto. A la vista de lo que hemos sabido después parece evidente que aquel rifirrafe parlamentario tenía detrás mucho más de lo que pareció: un simple exceso verbal. Y de aquel pacto de caballeros, o quizá de ladrones y encubridores, estos lodos. 

Mi partido, Ciudadanos, nació precisamente a partir de hechos como el anterior, de gotas que colmaban muchos vasos en una Cataluña donde el Estado empezaba a desaparecer desmembrado por un nacionalismo “colaborador” con diferentes gobiernos de Madrid y siempre con la misma contraprestación: lo que pasa entre la Franja y el mar es casa (y cosa) nostra. Esa casa donde Madrid no discutía nada que no fuera cómo aprobar un nuevo presupuesto en el Congreso a cambio de lo que hiciera falta por conseguir los votos de Pujol. Y los nacionalistas sumaron de este modo competencias, prebendas y privilegios al infame tres per cent que los socialistas catalanes vieron y dejaron de ver en un plis plas. Cerraron los ojos porque necesitaban el apoyo nacionalista al nuevo Estatuto de Autonomía catalán, elaborado por un tripartito PSC-ERC-IC, un Estatuto del que, curiosamente, pocos catalanes recuerdan hoy en qué exactamente fue recortado o reinterpretado para ser la sentencia del Tribunal Constitucional de junio de 2010 la madre de todas las ofensas, cuando el texto original aprobado por el Parlament sí fue corregido previamente en el Congreso de los Diputados con el voto favorable de CiU y la abstención de ERC en el trámite ante el Senado. No parecieron muy disgustados entonces…

Mi partido, Ciudadanos, nació por ello situándose en el único espacio ideológico en ese momento huérfano: formalmente de centro izquierda y esencialmente constitucionalista, con un PP catalán en declive y un PSOE como único aparente obstáculo al nacionalismo, aunque borrado por su marca federal -PSC- sin reparo alguno en entregarse a ese mismo nacionalismo incluso cuando tuvo oportunidad de destapar sus corruptelas. Ese fue el sentido y causa de Ciudadanos: luchar contra el nacionalismo y contra la vulneración constante y flagrante de principios constitucionales en Cataluña, con vocación de salir de ese territorio a toda España para hacer política frente al nacionalismo más allá de posiciones de derechas o de izquierdas. Ese fue el partido Ciudadanos en el que fuera de Cataluña muchos nos enrolamos. Un sentido que hoy tiene más valor que nunca cuando vemos lo que ha pasado desde entonces hasta aquí, cuando vemos la solución que los bloques de derecha o de izquierda han dado al problema nacionalista: la derecha rota y en retroceso en gran parte hacia el guerracivilismo tras perder al aliado que le permitía gobernar en Madrid con la condición de no husmear en periferias, mientras que la izquierda ha hecho suyos, como ya venía apuntando, postulados identitarios que vinculan por arte de birlibirloque el derecho a decidir con supuestos mayores derechos sociales, desenterrando a Franco cada vez que precisa de comodín. Todos con la vista puesta en hace más de ochenta años como si fuera ayer.

Mi partido, Ciudadanos, no es hoy un partido de derechas o de izquierdas, ni debe serlo. Ni debe tender tampoco a ser de centroderecha o centroizquierda. Debe huir de esa clasificación dogmática. Y debe explicar y convencer de que las soluciones no se hallan hoy en confrontaciones ideológicas tradicionales de clase. Ni todos los obreros son de izquierdas ni todo el empresariado es de derechas, como hay rojos a los que le chiflan los toros y fachas que no van a misa dominical ni cobrando. Esos topicazos, sin embargo, son los que se explotan hoy al máximo desde trincheras de derecha e izquierda para identificarnos no por lo que somos o creemos, sino justamente por lo que no somos o no creemos. En tiempos de banalidad y simpleza, nada como un argumento grosero y facilón para mentes adoctrinadas: si puedes eliminar a tu enemigo en una guerra, no te sientes a hablar con él para buscar acuerdos. El precio, al fin y al cabo, solo se conoce al final. Pero hoy hay una mayoría, estoy seguro de ello, silenciosa y expectante. Es más: asustada en muchos momentos por el devenir de los acontecimientos en estos tiempos extraños. Una mayoría que se queda en casa cuando toca hablar, porque no es amiga de griteríos. Una mayoría que, si habla, prefiere no significarse ante los extremos para no ser señalado, que llega incluso a alinearse a bulto, en un raro síndrome de Estocolmo, con quien, según desde donde se mire, menos se aleje de la moderación. Pero es una mayoría que debiera ser de nuevo radicalmente moderada, transversal en sus planteamientos y búsqueda de soluciones, y defensora activa de su libertad, de la suya que es la de todos. Una mayoría que encontrara en políticas moderadas, que rechacen extremismos populistas y nacionalistas, vías de progreso social, de estabilidad económica. De normalidad diaria.

Mi partido, Ciudadanos, debe abrir esas vías de nuevo, como hizo antes, a ambos lados, a derecha e izquierda, sin virar hacia ninguno de ellos, presumiendo de poder hacerlo, porque nadie más está en disposición de hacerlo con una sociedad aparentemente dividida en dos, pero sí explicando por qué nos sirven alternativas de unos y de otros. Y sí, debemos aspirar a transformar la sociedad, pero adaptándonos primero a ella hoy para cambiarla desde mañana. Quienes desde Ciudadanos se consideren de centroderecha o de centroizquierda a priori se confunden. No es este su sitio. Y se confunden igualmente si niegan opciones porque simplemente se hallen tradicionalmente a su derecha o a su izquierda ideológica. Nuestro objetivo es discutir de todo y con todos, sobre todo de lo que otros, desde sus posiciones más dogmáticas, no están dispuestos a hablar. Si hemos de verdad acabado con el bipartidismo, no podemos contentarnos solo con completar numéricamente a los bloques de ambos lados. Y no podemos tampoco caer en que pactar siempre con el mismo lado en todos sitios sea algo obligado. Eso nos convierte en alas, en familias o en sectores de esos partidos de siempre ante los que nacimos como Ciudadanos, por su cobardía y su complacencia. Y no nos equivoquemos: al populismo, al nacionalismo y el extremismo también se les combate rebatiendo sus argumentos, demostrando su parcialidad, su falsedad y su error. No se les pone una línea roja que no se pueda explicar. 

Mi partido, Ciudadanos, nació frente al nacionalismo y la corrupción, en ambos casos porque nos restan libertad y futuro. Hoy debe tener los mismos objetivos, porque siguen siendo las mismas amenazas, y superar la dicotomía derecha/izquierda. Y claro que es complicado: más fácil, pero mucho más, es afiliarse al PP o al PSOE, montar un argumento de terruño o meterle mano a la caja de todos, no lo duden.

 

Juan Ignacio López-Bas Valero ha sido diputado en el Congreso y concejal en el Ayuntamiento de Orihuela (Alicante)

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