NI POR CANSANCIO NI POR DEMOCRATA

NI POR CANSANCIO NI POR DEMOCRATA

Nadie ignora a estas alturas la situación política que venimos viviendo en nuestro país, a resultas de la “cuestión catalana” y el reto planteado por sectores nacionalistas/soberanistas/independentistas (a su elección). A nadie es indiferente el tema, que es seguido en general con tanta inquietud como igualmente enorme interés, en expectativa de un desenlace difícil de aventurar. Y no lo es porque tampoco parece existir un contexto objetivo que permita partir de premisas establecidas por todas las partes como ciertas para poder concluir lógicamente alternativas. No ya soluciones, sino al menos eso: alternativas que puedan ser base de cualquier consenso. Ni siquiera los datos históricos que han sido entorno temporal del algo más que aparente desencuentro entre catalanes, y entre una parte de ellos y el resto de los  españoles, sea cual sea el momento que tomemos, son interpretados de una manera unívoca. Y ello pese a que la historia, precisamente, debiera ser tratada como la compilación de unos hechos acaecidos y punto, sin más elementos a valorar que esos mismos hechos desnudos y en esencia, sin pasión ni arrebatos. Es más, manifestar, como acabo de hacer, la constancia de un “desencuentro entre catalanes, y entre una parte de ellos y el resto de los  españoles” llevará a muchos a querer adivinar ya previamente un determinado interés o fin que, evidentemente, no negaré. Por eso me interesa centrarme en este momento en dos de las posturas que he venido observando en personas con las que la cuestión ha salido a colación, y que no comparten el proyecto soberanista, en principio, como propio. 

La primera es la de quienes, hastiados del tema mismo, renuncian simplemente a más análisis y preferirían, al menos así lo expresan, conceder la independencia que reclaman los catalanes (este interlocutor suele identificar a todo catalán con un independentista convencido) y acabar así con el problema. Cirugía definitiva. La segunda postura es la de quienes parten de un posicionamiento que pretende ser radicalmente democrático, entendiendo como necesario que se permita un referéndum sobre el derecho a decidir en Cataluña. No sobre la independencia, sino sobre el derecho a decidir mismo en una primera fase, para poder optar después sobre la segregación del Estado español. Hablo de quienes, aun no identificándose abiertamente con la posible independencia de Cataluña, sí esgrimen el argumento de que por encima de todo está la democracia, y con ella la libertad de decidir y el derecho a votar. Luego ya veremos lo que se vota, y a ello se ha de ir sin reparos.

Ambas posturas, por mero cansancio social uno o por puro espíritu ultrademocrático el otro, asumen las tesis de los soberanistas catalanes, bien por no seguir debatiendo sobre el particular, bien por sustituir ese debate por la aplicación de la voluntad mayoritaria y democráticamente expresada en las urnas.

¿Pero a quién aplicamos las consecuencias de cualquiera de esos dos posicionamientos? ¿a qué personas y a qué territorios? Y en el segundo de los casos  ¿quién tendrá ese derecho a decidir? Simplificar en este punto lleva a injustos, cuando menos aritméticos.

Tengamos en cuenta que el nacionalismo separatista reclama hoy de nuevo ese referéndum después de haber pretendido un sentido plebiscitario de las elecciones autonómicas catalanas del 27S pasado y, precisamente, por haber fracasado en ese primer intento al no obtener mayoría de sufragios. Esa condición numérica está explicitada incluso en las hojas de ruta marcadas, por ejemplo, por la CUP en 2015, o por el propio Artur Mas en declaraciones públicas de 2010, quien fijaba el mínimo apoyo popular necesario para legitimar una independencia catalana en dos tercios del voto popular en un hipotético referéndum. Y es que Mas afirmaba hace seis años ya que no era cuestión “de vencer, sino de convencer”.

Pero es que la cuestión de quién ha de decidir, quién tendría derecho a ir a las urnas, se complica si recordamos que el catalanismo no pretende sólo una independencia de lo que hoy es Cataluña en España, una comunidad autónoma delimitada y constituida por cuatro provincias (Barcelona, Tarragona, Gerona y Lérida), sino la de una entidad unificada bajo el concepto político-lingüístico de los Países Catalanes, una masa poblacional de casi 14,5 millones de personas de la que Cataluña tiene hoy 7,5 millones de habitantes censados, por lo los restantes 7 millones son actualmente andorranos, valencianos y baleares, aragoneses (Franja de Poniente) y murcianos (El Carche), franceses (comarcas de Pirineos Orientales o “Catalunya del Nord”) e italianos (de L’Alguer en Cerdeña). Y por eso la pregunta no es trivial ante un proceso de instauración de un Estado catalán independiente conformado por la nación catalana, es decir, la totalidad de esos territorios y personas, algo que en el ideario de la Asamblea Nacional Catalana (ANC) se recoge en su manifiesto fundacional de abril de 2011, cuando se afirma que “Cataluña es una nación (debe entenderse, conjuntamente con los otros países catalanes, y que no renuncia al derecho de autodeterminación”.

La cuestión no es por ello tan simple como apelar al hastío o a la democracia más plena cuando se trata realmente, y de manera más que evidente, de que todos esos Países Catalanes lleguen a segregarse, en su caso, y unificarse bajo un solo Estado, la República Catalana, con un referéndum en la Cataluña actual, sin exigir ni quórum reforzado ni mayoría cualificada, extendiendo efectos posteriormente en un tracto repetitivo a otros territorios. En una palabra: se pretende provocar artificialmente al final un tsunami cuando ni la ola inicial parece bastante.

Nací y vivo en Orihuela (Oriola en los Països Catalans del soberanismo e independentismo actuales), en esta provincia de Alicante/Alacant de ese supuesto País Valencià que aspira a ser parte de la República Catalana de la ANC, Junts Pel Sí, Esquerra Republicana de Catalunya y la CUP, entre otros, con los que se halla una formación quintacolumnista como Compromís en nuestro entorno, que nunca ha negado expresamente la existencia de los Países Catalanes ni que la actual Comunidad Valenciana se incluya en ellos, votando incluso resoluciones parlamentarias en tal sentido. Soy y me siento plenamente valenciano, pero si tuviera que asumir, por hastío o por convencimiento democrático, en este caso malinterpretado, que hubiera que votar sobre el derecho de autodeterminación, creo que lo mínimo sería exigir que a mí también me preguntaran, como a los murcianos, aragoneses, baleares, andorranos, franceses e italianos. Y es que nunca me ha gustado que decidan por mí sin consultarme, sobre todo cuando se trata de mi futuro y el de los míos. En eso no coincido con esa simplista “democracia radical” enarbolada ahora por Podemos por motivos oportunistas, no por ello menos parciales. Es un principio, el mío sí, democrático y en el que creo. Simplificar para que unos pocos decidan por muchos ..., ho sento, però no em convenç.

 

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