¿Por qué habríamos de sentarnos a hablar?

¿Por qué habríamos de sentarnos a hablar?

 

Toda la filosofía que da respuesta a la pregunta del título está, en mi opinión, en la frase que se atribuye, aunque sin base científica cierta, al dramaturgo Terencio, allá por el siglo II a. de C.: “cuando no se puede lo que se quiere, hay que querer lo que se puede”.

El fin del bipartidismo, ni bueno ni malo en sí mismo como sistema político, sino lo primero por aquello de positivo que tenga para la sociedad y los ciudadanos, o lo segundo por la corrupción hacia la que pueda tender la alternancia entre dos únicas opciones, arriba-abajo, blanco-negro, o derecha-izquierda, nos ha hecho enfrentarnos a un riesgo que nace de la falta de madurez política de nuestra sociedad: el del bloqueo del propio sistema y de sus instituciones. Ese riesgo, que ya se percibe como una amenaza presente y palpable, es producto de nuestra sociedad, sí, la misma que elige cada cierto tiempo a sus representantes. Y me atrevería a decir que en este momento nuestros políticos son el mayor y más fiel reflejo de la sociedad que los designa en las urnas. La democracia real, si quieren ustedes llamarlo así, es la que da políticos inmaduros de una sociedad inmadura.

Nuestro gran problema en este momento es la desesperanza, que nace de la frustración de todos, no solo de algunos. De todos. Estamos en un punto muerto del que no sabemos cómo salir, pero en el que las posturas, legítimas todas ellas, salvo excepciones que, hoy por hoy, no veo -todavía-, se alejan unas de otras precisamente como en un monumental y constante centrifugado que nos empuja desde el centro al extremo cuando lo visceral empieza a reinar sobre lo racional. Y si es malo que esto les suceda a los políticos profesionales, los que se dedican a ello, peor es que les pase a los políticos por afición, que somos casi todos, y al conjunto entero de la sociedad, porque hoy, repito, más que en ningún otro momento, para bien o para mal, los políticos en nuestro país son el perfecto espejo e imagen en proporción, aunque imperfecta, de todos los ciudadanos a quienes representan y de cuya expresión de voluntad proceden. 

Por eso muy probablemente tenía razón ya Terencio, si es verdad que dijo lo que dijo, hace más de veinte siglos, nada menos, al afirmar que hay que querer lo que se puede si no se puede lo que se quiere. Y es que, con poco esfuerzo, imaginen a un gobierno democráticamente elegido por quienes, a su vez, han sido elegido en las urnas. Imaginen también a quien es oposición a ese gobierno, bien en minoría, bien en una mayoría incapaz de ponerse de acuerdo frente a aquel gobierno. Pueden, igualmente sin esfuerzo y solo mirando alrededor, concluir la situación: nada. O algo sí: ruido y cada vez más ruido de unos contra otros, malos modos, palabras altisonantes, cuando no ofensivas, para denunciar incapacidades ajenas tratando de ocultar las propias. El resumen: no hay quien gobierne pero tampoco quien pueda ofrecer una alternativa. Y la consecuencia: una sociedad polarizada cada vez más, con planteamientos más extremos y alejados de cualquier moderación y calma para afrontar las crisis.

El viejo bipartidismo ha dado así paso a una especia de dualidad de bloques que, curiosamente, en este país nuestro, solo ha sustituido a la dualidad anterior de partidos, pero que ofrece las mismas, exactamente las mismas, ventajas de siempre a los más astutos: los nacionalismos que se han hartado de sacar tajada suplementando mayorías en Madrid a diestro y siniestro según precio de mercado. Sin ningún tipo de pudor y hasta sacando pecho por ello. En España siempre ganan ellos, quienes rechazan y niegan la realidad de un Estado único, aunque plural, y han jugado, juegan y jugarán sin fin a ese diabólico tira y afloja en el que solo se cruza la línea del ‘me voy para no volver’ en caso de orden de busca y captura. A partir de ahí, no lo duden, vale todo. Y pasará en Vitoria, Santiago, y hasta en Teruel, cuando toque, como ha tocado ya que pasara en la Barcelona del trespercent. Seguro.

Por ello hay quien ha dicho que ya. Que ya está bien. Y ahí es cuando empieza la centrifugadora del país a funcionar, y del azul hay un cierto cambio al verde y del rojo una pérdida de tinte a morado. Y, por supuesto, los nacionalistas atentos a quien les vaya a seguir dando y a dar más, porque ellos rara vez centrifugan y el color les da exactamente igual.

Sentarnos a hablar, todos y con todos, es la manera de parar esa centrifugadora. Es la manera de evitar derivas extremas e irracionales. Sentarnos a hablar, a plantear posiciones, a negociar, a pactar, y con ello, obviamente, cediendo para que, o porque, los otros también cedan, es hacer política. Es desbloquear y garantizar la continuidad de un sistema que no tiene alternativa, porque la sociedad misma no la tiene, y está obligada, de su extremo derecho al izquierdo, a entenderse, y no solo para ser gobernada, sino al menos para convivir.

Si como dicen que dijo Terencio no se puede lo que se quiere, lo primero es detectar si otros sí lo pueden. Y si es así, y lo pueden porque son más y mayoría, y así lo han decidido quienes votan en las urnas, el trabajo es denunciar lo que se haga mal y proponer alternativas convenciendo y esperar a mejor ocasión. Pero si no se puede lo que se quiere y otro tanto les ocurre a otros, si el bloqueo es evidente, hagamos como dice Terencio -si es que fue así-: queramos lo que podemos. Parece que el final de la sentencia clásica no fue realmente “hay que querer lo que se puede”, sino que tal remate sería una variación del original “mejor cambiar de actitud”, lo que nos da que pensar la de veces que, despectivamente, llamarían “volubilis” al bueno de Terencio en su momento, hasta el punto de tener que buscar un final más lírico para su frase, aunque conservando el mismo significado. En todo caso, dio con la clave: cambia tu mente y tu manera de actuar si no te lleva a ningún sitio y marca un nuevo objetivo que puedas alcanzar.

Porque si no estamos dispuestos a sentarnos a hablar, díganme qué camino nos queda. Qué camino no desde la perspectiva del que pueda recorrer el político, sino el que el político pueda ofrecer para ser recorrido por el ciudadano, al que representa. Cuando los números no pueden retorcerse más y tres siempre son más que dos, explíquenme qué pretenden que se haga por esa minoría de dos que pretende desalojar a la mayoría de tres. Yo no sé si verán ustedes de provecho que uno de los dos proponga votar democráticamente ese desalojo de los tres sabiendo que solo puede sumar, como máximo, uno más, es decir, dos. Salvo que pretenda simplemente que se vea un gesto, inútil y heroico, pero un gesto del que no se come. Si hay algo que es cierto desde hace mucho tiempo, mucho más allá incluso del momento en el que Terencio pronunciara su frase, si es que la dijo, son las matemáticas. Y rara vez, muy rara vez han fallado.

Hacer política de verdad, cuando no se puede lo que se quiere, es justamente querer lo que se puede. Es procurarse buenos negociadores, conocer los activos propios y las debilidades del oponente, donde somos fuertes y donde falla el otro. Es proponer y escuchar, aceptar y rechazar, y llegar a cesiones mutuas para lograr un objetivo: que se quiera efectivamente lo que se pueda. Todo lo demás, los gestos inútiles, la cuadratura imposible de un círculo, el esfuerzo vano e inservible que no produce nada, es solo mayor frustración y más desesperanza. Es no avanzar. Es bloqueo. Y eso sí conduce al fin de todo, algo que no nos podemos permitir.

De Terencio, el dramaturgo, hay otra frase que me aporta luz, esta sí cierta, recogida en uno de los diálogos de su obra Formión: “Mala cosa es tener a un lobo cogido un lobo de las orejas, pues no sabes cómo soltarlo ni cómo continuar aguantándolo”. Esta, como la primera que se atribuye a Terencio, debieran ser tenidas en cuenta hoy, pese a lo viejunas que nos puedan parecer, porque nos dan alguna pista importante: aquella primera sobre la necesidad de sentarse a hablar aun cuando nos hayamos negado hasta ahora a hacerlo si estamos en un bloqueo y de ello puede derivarse un beneficio para todos; esta última sobre la posibilidad, siempre, de levantarse de una mesa de negociación y dejar de intentar llegar a acuerdos en cualquier caso cuando ello nos lleve indefectiblemente a coger un lobo por las orejas.

No cojamos al lobo por las orejas, pero no renunciemos a querer lo que podamos si no podemos lo que queremos.

 

Juan Ignacio López-Bas Valero es abogado y ha sido concejal y diputado en el Congreso en la XIII Legislatura.

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