Sin pretender ser objetivo

Sin pretender ser objetivo

 

Visto el debate televisivo que ha enfrentado a los respectivos representantes de las cuatro formaciones con mayores perspectivas de estas próximas elecciones generales, a uno que, por supuesto, no es imparcial, vaya por delante, le queda un cierto sabor de que podía haber sido mucho más, aunque realmente no había mucho más que pudiera ser. Las estrategias mandan y los equipos de asesores pre-debate se emplearon a fondo con tácticas, estrategias, formas y contenidos. Y el resultado es el que es, así como tantas las conclusiones como espectadores.

Mi primera impresión es que Pedro Sánchez ha sido el verdadero centro, pero no el político, sino el de todas las críticas hacia las viejas formas de hacer política. Representante de uno de los dos partidos tradicionales, ha terminado atrayendo hacia sí hasta las que no eran suyas, y no por acierto de sus rivales, sino porque no ha podido (¿sabido?) desprenderse de una herencia muy pesada, la de Rodríguez Zapatero y la falta de respeto hacia un electorado socialista hasta ahora siempre fiel pero al que los propios líderes del partido de la rosa han engañado de manera inmisericorde con programas supuestamente progresistas que terminaron siempre en medidas de escaparate sin consecuencias prácticas en la vida real. Por eso hoy sigue Pedro Sánchez teniendo que defenderse de no tener hoy proyecto a estas alturas y de haber sido ayer su PSOE el primero en recortar servicios y prestaciones sociales, de haber mentido con la magnitud de la crisis económica y de haber mirado para otro lado a ver si pasaba la tormenta mientras se disparaba el número de desempleados hasta que fue demasiado tarde. Mucho amargor que no acaba ni mucho menos con la guinda de la extraña deriva pactista con nacionalistas y anti-sistema según la necesidad de un partido que ha perdido así su esencia.

Esa derrota del socialismo, precisamente en su labor de oposición y alternativa, que se ha demostrado inexistente, al Partido Popular, tiene como consecuencia la aparición de alternativas, y no justamente de la mano de otros viejos políticos, más aún si cabe, tan antiguos como marginales, como Izquierda Unida, que se salvará de la quema dependiendo de la última semana de campaña y de la recuperación o no de Podemos, sin encontrar remedio en fórmulas de imagen como plataformas, listas conjuntas o supuestas unidades de la izquierda desde el extremo que, como siempre, se quedan en siglas llamativas sin trasfondo real. Y es que si Alberto Garzón consigue el mínimo legal para alcanzar presencia en el Congreso de los Diputados sólo lo hará arañando votos de quienes estuvieron, se fueron y ahora vuelven desencantados de todo y de todos. Triste bagaje ideológico.

Y en el lugar a donde algunos fueron y de donde ahora vuelven, en Podemos, juegan a la “remontada” de un líder mesiánico como Pablo Iglesias, quien, sólo él, y posiblemente ni eso, se ve como Presidente del Gobierno de esa nueva izquierda que no quiere reconocerse como tal y que juega a enfrentar a todos contra la casta, ese concepto tan sutil, ambiguo y genérico, que sirve para lanzarlo contra el de enfrente pero que se puede negar de uno mismo y de los suyos cuando, en ocasiones, les toca tan de cerca por no cumplir fiscalmente con la sociedad, por llevar imputados y condenados en listas, o por ignorar que te estén investigando desde una Fiscalía a toda una jueza que encabeza una candidatura. Para todo esto, se cambian los programas sobre la marcha suavizando y “castizando” lo que sea menester.

Frente a todo esto, el Partido Popular practica publicidad engañosa: nos vende como candidato a quien no lo es y esconde al verdadero cabeza de lista. Y es publicidad engañosa porque nos piden un precio, nuestro voto, por un producto que no nos van a dar. Lo que vende el Partido Popular es Mariano Rajoy, por mucho que lo vistan de Soraya Sáenz de Santamaría. Y es una trampa porque falsean esa pretendida regeneración y seriedad de su propuesta que nos ofrecen. Es lo mismo si los hilos de la vicecandidata los mueve por detrás el candidato oculto, ése que no da la cara porque no puede enfrentarse a la realidad de cuatro años de incumplimientos (no subiremos los impuestos), de promesas ya muy lejanas (acabaremos con el paro y reactivaremos la economía), y de renovaciones éticas profundas (con todo un partido pendiente de sentarse en un banquillo por lucrarse supuestamente con prácticas ilegales de algunos, bastantes, de sus miembros).

Pero algo sí demuestra el debate al que hemos asistido: que es necesaria la aparición de nuevas caras y formas, porque si Rajoy (60 años) se identifica generacionalmente con la vieja política, el resto de candidatos, Sánchez (43 años), Iglesias (37 años) y Rivera (36 años) son todos hijos de la democracia, educados en un régimen de democracia y libertades constitucionales y sin rémoras personales. Incluso la sustituta Sáenz de Santamaría (44 años) puede presumir de lo mismo, aunque me temo que, como a Pedro Sánchez, su entorno inamovible la envejece más allá de lo deseable para un proyecto de país nuevo. Ni siquiera puede en este aspecto el candidato popular (Rajoy, evidentemente) presumir de curriculum y experiencia por su edad, porque más miedo da y mucho más preocupa, precisamente, que con todo ese acervo le hayan metido tantos goles en cuestiones de corrupción interna todos esos amigos y colaboradores de muchos años que tanto y tan mal hacían y él no era capaz de detectar en un partido de jerarquía férrea (o no, que diría él mismo ...).

No crean, en cualquier caso, que me olvido de Albert Rivera, con quien, confesé al principio, no seré objetivo dada mi falta de imparcialidad en este momento y circunstancia. Reconozco, y me sumo a esa crítica cruda y despiadada que le han hecho, que se mueve mucho, que no para quieto un momento, que si no se sienta es un constante bailoteo lo que acompaña a su discurso. Pero más allá de este problema, que para muchos parece inhabilitarle como candidato irremediablemente, lo demás han sido propuestas concretas en materia fiscal y económica, de educación, de regeneración política, de reforma constitucional, de protección social y de fomento de empleo, de firmeza internacional frente al terrorismo, sobre la cuestión territorial, o sobre cuestiones más cotidianas y dramáticas como la violencia de género.

Sinceramente, prefiero un Presidente del Gobierno que mueva mucho las manos y no sepa dónde ponerlas a otro que tenía que haber sabido donde las metían los suyos. Prefiero lo que está por venir y nos han explicado que repetir lo que ya hemos tenido y ahora nos quieren volver a colocar jugando al más vale malo conocido que bueno por conocer (la mayor barbaridad que uno puede asumir). Prefiero, de verdad, un futuro para todos, absolutamente para todos, que no sólo para los que son serios ahora, para sólo una mayoría o para los que todo ha de ser una lucha contra otros, porque todos éstos, al final, siempre se dejan a alguien fuera de ese proyecto para un mañana mejor.

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