"UN PASOTISMO NO CORRESPONDIDO"

A diferencia del súbdito, que está sometido a la autoridad del que manda y no puede hacer otra cosa que obedecer, dentro de los sistemas democráticos el ciudadano asume la responsabilidad de participar en el poder político, de protagonizar las decisiones que conciernen al modo de ordenar la convivencia social y de gestionar los asuntos públicos. Pero organizar la sociedad de un modo democrático, dado que no es su forma natural de funcionamiento, requiere una implicación muy fuerte y decidida del sistema educativo; una intervención sostenida en el tiempo capaz de convertir a meros individuos (programados tan solo para defender con uñas y dientes su interés particular) en verdaderos ciudadanos, seres capaces de someter los impulsos egoístas a un control racional y de incorporar en su contexto de vida la perspectiva ética del interés común.

Cuando trato de estos asuntos con mis alumnos, y ante su generalizada propensión al pasotismo político, con frecuencia les recuerdo que si bien pueden adoptar posiciones apolíticas que les eviten pensar, por ejemplo, si son de izquierdas o de derechas y les prevengan, por tanto, de incómodas decisiones y hasta de desagradables refriegas (nada hay en la democracia que lo impida), el verdadero problema es que, con ellos o sin ellos, con su acción u omisión, el mundo sigue y la política continúa funcionando. Que no por el hecho de que se abstengan de cualquier participación política dejan de celebrarse elecciones, ni de aprobarse leyes, ni de elaborarse los presupuestos, ni de decidirse qué tipo de actividades se subvencionan, ni de estipularse quién tiene derecho a un subsidio o a una beca. Cuestiones todas que, quieran o no, les afectan.

“Vosotros podéis pasar de la política -les digo-, pero la política no pasará de vosotros. Pudo ser comprensible que cuando se encontraba trabajo nada más salir del Instituto, con el título de graduado o sin él, muchos de los que os precedieron en estas aulas pensaran que con un buen sueldo en el bolsillo (a veces hasta superior al que ganábamos los propios profesores), lo que hicieran o dejaran de hacer los políticos les traía al fresco. Porque teniendo dinero, aquellas de sus expectativas más deseables (tener un coche, adquirir una casa, comprar la TV de pantalla más grande y tecnológicamente avanzada…) se encontraban perfectamente al alcance. Funcionaba la entente cordiale entre el mundo de “mi vida”, que tanto me importa, y el mundo de “su política”, que tan indiferente me resulta. Pero hace algún tiempo que las cosas ya no son ni se muestran así: el espejismo del pleno empleo se ha evaporado, y más de la mitad de los jóvenes españoles que quieren trabajar no encuentran donde hacerlo, se recorta en gastos sociales, en la sanidad y educación públicas, en libertades y derechos que creíamos históricamente conquistados. La posibilidad de un futuro digno, para muchos se esfuma. Convendrá, pues, que ahora sepáis -les anuncio-, que hechos tan determinantes en la vida como que alguien pueda continuar sus estudios al margen de que su familia se los pueda pagar o no, que la gente tenga razonables esperanzas de conseguir un empleo con el que humanamente vivir o que, en el peor de los casos, si uno enferma y no tiene recursos pueda, no obstante, ser convenientemente atendido, no son independientes del modelo de sociedad que tengamos. Y éste no es algo que venga necesariamente impuesto por la naturaleza: se puede pensar y elegir entre todos o, por el contrario, los demás lo elegirán por vosotros” -concluyo, recalcándoles la perentoriedad del dilema.

Por consiguiente, la posibilidad de participar en la construcción de un modelo más justo de sociedad es una buena razón para que los jóvenes de hoy, topados de improviso con una realidad bien cruda y doloridos por los múltiples zarpazos ya sufridos en carne propia, se animen a participar en la vida política en lugar de darle la espalda. De este modo, su esfuerzo colectivo -ya que no su pasotismo- quizá pueda verse, mañana, justamente correspondido.

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