UN REPUBLICANO EN ORIHUELA DEL SEÑOR

UN REPUBLICANO EN ORIHUELA DEL SEÑOR

Entre las virtudes más importantes que deben poseer una película o una novela está su capacidad de sorprender a pesar de todas las anticipaciones que nos hayan podido llegar. La obra nos tiene que ganar con su estallido pletórico en cada momento de su disfrute, con un primor que no habíamos alcanzado a imaginar. Ni las entrevistas ni las presentaciones ni los prólogos, en los que tan acertadamente se había descrito el libro, han podido frustrar la feliz sorpresa que he vivido en cada una de las páginas de esta novela.  “Un republicano en Orihuela del Señor” rescata la historia del oriolano Paco Ros Alifa, un militante de Unión Republicana, un humanista que salvó, en nuestra guerra civil, – sin discriminación política – a muchos de sus conciudadanos, perseguidos, represaliados por el solo hecho de no haber ocultado unas simpatías o unas desafecciones que los clasificaban en bandos irreconciliables. Pero, con ser muy valiosa esta iluminación de una admirable realidad silenciada, esta novela aporta mucho más: una prosa muy valiosa, una visión fidedigna de un tiempo y de un lugar funestos que nos hablan de la parte más oscura de la naturaleza humana.

Me parece un acierto fundamental de la novela el de haberla dividido en sesenta cortos capítulos. Esa estructura se impone favoreciendo la precisa longitud de las situaciones. Hay un vaivén de tiempos, de personajes, de lugares, que aligera la lectura sin mermar su rigor, su brillantez. La acción se divide así en cuadros en los que se asientan las diferentes perspectivas de la narración. La cohesión se resuelve en esa distribución de escenas que van construyendo, desde la suma de cada cercanía, una visión integral.

El narrador es un personaje exento, un merodeador de esas escenas en las que unos hombres y mujeres viven las circunstancias de una época, la de la posguerra española; escenas por otra parte acotadas por las pulsiones de su entorno social más inmediato. Cronista de su tiempo, se expresa desde una mirada sabia, desde un sobrio sentimiento y, cuando el dramatismo se aligera, tiende a regodearse en un tono burlón. Desde una incierta distancia, se integra como un intruso invisible en unas conversaciones que siempre tienen algo de fanático acatamiento o de clandestinidad. Discretamente, deja notar su alegre cercanía cuando su mirada atenta se posa sobre los genuinos rasgos del pueblo oprimido. Es como si quisiera seguir aquel lema de Ignacio Aldecoa: “me esfuerzo en estar a la altura de los pobres”. Su visión de los dominadores, de sus rastreros acólitos, está filtrada por una dureza inconmovible, de vocación testimonial. Muchos de los hombres y de las mujeres de esta historia ocupan un lugar extrañado, truncado por los desvíos de la sinrazón.

Los diálogos se imponen en la mayor parte de la novela. Resultan perfectamente verosímiles, bien construidos, magníficos relieves de unos personajes que apenas necesitan ser explicados, que se delatan en su ser inquebrantable. Las conversaciones nos sirven para ubicar una personalidad concreta, pero también para reconocer una tipología, un ámbito de costumbres, sin que sintamos la vaciedad del arquetipo, sino la carne y el pálpito de la pasión de vivir. Escuchando a los vencedores, a los vencidos o a las víctimas ajenas a la barbarie, nos enteramos de su histórica actualidad, de sus posiciones devotas al poder o de los riesgos de no seguir la uniformidad invasora.

Hilvanando esos poderosos diálogos, se suceden comentarios agudos, intencionados, siempre densos. La voz narrativa está ubicada en aquellos años. No delata una mirada nostálgica, retrospectiva, sino que se pronuncia desde el enclave vital apremiante, allí donde converge cada distinto presente. A veces, nos muestra unos personajes inocentes, presos de acaparadoras circunstancias; pero otras, son decididamente partícipes, cómplices de las instituidas vilezas, destacadísimos aprovechados de la vigente impunidad. 

El lenguaje de las gentes sencillas tiene el acento local, el gracejo, la belleza de quienes, desentendidos de cualquier estrategia o sumisión, se esfuerzan en endulzarse la vida; y tiene la sabiduría de intentar burlar la irrespirable iniquidad. Pero hay otras palabras que se revisten de lo grave, de lo sombrío; son las de los fanfarrones, los exultantes vencedores, los hombres necios, insignificantes, capaces de la más temible realidad detrás de su ridícula altivez. Apenas se nos dan datos del aspecto físico de los personajes, de su edad, pero su habla compone una imagen que reconocemos, que localizamos en el mapa humano y en una época todavía abierta.

Una novela histórica es – o debe ser –, primero, un esfuerzo de ubicación, y después de una suficiente ecuanimidad que matice cualquier ofuscada emoción de los personajes o del narrador. Sumergirse en muchas de las páginas de esta novela supone sentir la repugnancia de unas formas de vida que se impusieron una vez abolida la inteligencia, la gran cultura, la verdadera espiritualidad. Al lector se le somete a la contemplación de una iglesia putrefacta, exultante de poder; a la presencia de los señorones de la victoria, apóstoles de lo muerto, henchidos de una estúpida superioridad, con la corrupción como norma y sus crueles veleidades como divertimento. El narrador tampoco se priva de algunas muestras de abyección, de impune arbitrariedad de los mandos republicanos. Pero todo ello está ocasionalmente puntualizado con excepcionales ejemplos de humanitaria discordancia.

Paco Ros Alifa es el personaje que recorre transversalmente la novela, que vertebra sus diferentes partes, que desaparece y reaparece, que vuelve para recordarnos el peso de la injusticia, la persistencia del rencor. Su actitud es la insobornable, la heroica, de quien no quiere que la guerra lo cambie. Él es el hombre excepcional que no desarrolla lo peor de sí mismo, las vilezas habitualmente contenidas por la convención social que, en esas extremas situaciones, tan fácilmente pueden aflorar; y ni siquiera adopta una actitud resignada, sino que se alza sobre las inercias y se impone la tarea de luchador solitario, de guerrero de una batalla infinita, aquella que defiende los más altos valores de la humanidad.

José Antonio Muñoz Grau ha demostrado en esta novela ser un escritor valiente. Libre de literarias rigideces, de formatos conservadores, ha compuesto un relato creado desde un genuino proyecto. Las metáforas inopinadas, los requiebros de un lenguaje que logran pillar al vuelo un sentido a veces huidizo, realzan este libro bellamente singular. La excelente documentación de que se ha provisto el autor favorece una muy verosímil reconstrucción de esa época oscura, triste; pero es su oído atento, su acogedora visión de las particularidades humanas, lo que se transmite en el habla de unos personajes llenos de realidad. Leyendo esta novela vivimos intensamente momentos de turbación, de asco, de rabia, de admiración, pero también de goce literario. El toque a veces juguetón del narrador, aunque firme a la vez, resulta cabal en unas descripciones que no necesita sobrecargar porque su perspicacia las hace ya de por sí fuertemente elocuentes.

“Un republicano en Orihuela del Señor” es un libro que he leído con la gratitud que se merecen las promesas ampliamente cumplidas, con la emoción de acercarme a unas voces muy reales; es una novela que trasciende el ámbito local - tan certeramente descrito -  y se eleva, sin concesiones, con excelente literatura que no excluye una amenidad casi cinematográfica, para ofrecerse a un público amplio y diverso, necesitado de historias contadas con insobornable autenticidad.

   Crítica literaria de Javier Puig sobre el libro de José Antonio Muñoz Grau, "UN REPUBLICANO EN ORIHUELA DEL SEÑOR". 

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