Usted también es republicano

Usted también es republicano

 

Todos lo somos, seguro. Ud y yo. Y el vecino del quinto. Y la señora de la parada del bus. Y hasta alguno de los que mandan mensajes en el wassap clamando porque no se puede aguantar más la dictadura social-comunista. Claro que lo somos, republicanos de verdad, como también somos de izquierda, de centro o de derecha. Porque lo que no somos es republicanetes de pacotilla, como esos pequeños fascistuzos acomplejados que necesitan del anonimato para negar a otros el derecho a pensar y a expresarse libremente. No somos esos republicanillos solo de bandera tricolor que creen que la tela y sus colores son toda la república que existe. O que puede existir. No les pregunte ‘¿y qué más?’, que les da el soponcio. O peor: le arriman una galleta al grito de “¡facha!”.

Ud es tan republicano como un servidor si cree en la igualdad entre los ciudadanos de un Estado que nos garantiza, o nos debe garantizar, esa igualdad, así como, de la misma manera, la libertad y la pluralidad. Si está Ud convencido de que los políticos no pueden influir en las decisiones de los jueces, y que estos deben controlar lo que hacen aquellos, no tenga dudas: es Ud un republicano de tomo y lomo. Y ya si tiene claro que hay que acudir a las urnas cuando nos llamen y votar para cambiar a algo mejor cuando un gobierno no nos gusta, aceptando deportivamente lo que se decida por la mayoría y sin renunciar por ello a la crítica, entonces abandone todo complejo y asuma su realidad: es Ud un republicano fetén. De los de libro.

Claro que luego escuchará Ud a quienes se lo nieguen con la boca llena de espuma, clamando contra este sistema político corrupto en su origen que nos hemos dado los españoles desde la muerte del dictador. Una caterva de nacidos en su gran mayoría en democracia que, sin haber vivido la dictadura, sino justamente el periodo tras ella de mayor estabilidad y progreso social en España, se atreven a juzgar la historia que no conocen sin preguntar a sus mayores, que ya se sabe que son puro aburguesamiento. Son gritones, mucho, y llenos de lemas y reproches, pero republicanos, como Ud y como yo, no. Ellos no han vivido, o ya han olvidado, lo que hubo que trabajar y sufrir cada día por la democracia en los llamados años “de plomo”, aquellos en los que se levantaba uno con la noticia del último atentado terrorista o con los rumores del hartazgo y la asonada militar, según amaneciera. Pero eso sí, se permiten reclamar algo parecido ahora a una justicia social que no es la que nos regalaron, ganándosela a pulso y con su esfuerzo, quienes se concertaron para sacarnos a todos de la caverna, viniendo unos de un régimen en extinción y otros del exilio, del geográfico o del interior, que lo hubo, y mucho. Su justicia social no es esa, sino la que pretende asegurarse levantando muros de ladrillo para que nadie escape. O ideológicos, para que nadie piense.

Contemplaremos pasmados cómo esos adalides de la república definitiva reclaman un derecho a revisarlo todo, a volver a decidirlo todo, a cambiarlo todo, pero solo si son ellos los beneficiados por los nuevos tiempos. Y por eso nos echan en cara que no se pudo votar si queríamos monarquía. Pero tampoco nos preguntaron si queríamos dar paso a una organización territorial de España mediante Comunidades Autónomas, con competencias propias en las que el Estado poco tiene que decir, algunas de ellas privilegiadas por considerarse “nacionalidades históricas”; ni por lo de mantenerse vigentes determinados sistemas jurídicos forales de carácter ancestral; o incluso por la posibilidad de que alguna de esas comunidades tuviera un sistema fiscal distinto basado en privilegios concedidos graciosamente por uno de los pretendientes al trono de España -cosas de reyes, mire por dónde- por el apoyo conseguido en las guerras carlistas del siglo XIX. Por nada de esto nos preguntaron, porque, efectivamente, era un paquete de sí o no consensuado previamente. Pero algunas otras de esas cosas, tan anacrónicas como un rey, que establecen privilegios entre personas por razón del territorio de un mismo Estado, parece que ya no les preocupan tanto como un símbolo de la unidad y la cohesión del mismo. 

Y es que tener un rey como Jefe del Estado no es hoy el problema, sino la excusa, porque no existe dualidad incompatible entre monarquía y república, por la sencilla razón de que no hay derecho civil o político que en España no disfrutemos con esta monarquía que sí disfrutaríamos en una república. Es más: hay repúblicas, más de una, que ya quisiera alcanzar nuestras cotas de libertad democrática. El problema que nos plantean a los republicanos de verdad, como Ud y como yo, es otro, aunque lo disfracen de lucha entre democracia o rey, porque nunca hubo en España más democracia que con uno, y fue ese primer rey, justamente, quien decidió cambiar un guion preestablecido para no negarnos ni limitarnos derecho alguno.

Por un lado nos proponen un patas arriba con el argumento de que lo de hoy es herencia gris del ayer más negro. Nada más falso que esa afirmación. Cierto es que el dictador se encargó de dejarlo todo “atado y bien atado” para garantizar la continuidad del régimen instaurado tras la guerra civil. Tan cierto como que hubo quien dirigió desde el primer momento un cambio radical para desatar aquel nudo marinero. Y se hizo -o se deshizo, mejor dicho- desde dentro, desde la ley vigente, desde el propio sistema caduco que agonizaba para parir un sistema nuevo de libertades e igualdad. Simplemente cabe recordar la Ley para la Reforma Política de 1977 que supuso el fin de las Cortes franquistas por autodisolución. O el sentido y resultado de la votación en el Congreso del proyecto constitucional elaborado por las Cortes constituyentes, el 31 de octubre de 1978: se emitieron 345 votos, 325 afirmativos, 6 negativos y 14 abstenciones, contándose entre los afirmativos todos los del PCE (20 diputados), mientras que desde el grupo de AP (16 diputados) votaban en contra del texto constitucional 5 diputados y se abstenían otros 3. En el posterior referéndum convocado para el 6 de diciembre de ese año, quienes pidieron el voto negativo junto a nacionalistas fueron, precisamente, Fuerza Nueva y Falange Española-JONS. Es fácil adivinar, por esto, quien tildaba entonces nada menos que de “traidor” a un monarca erigido como Jefe del Estado desde el régimen que empezaba a morir y a transformarse. Cómo hemos cambiado, que dirían algunos…

Y por otro lado nos dicen que es inadmisible una monarquía donde el Rey Emérito es centro de una polémica sobre su comportamiento. Nada más manipulado que esa afirmación, aunque la duda tiene su razón de ser en una interpretación más o menos flexible de la propia Constitución. Y en esto le daré mi modesta opinión muy, creo, republicana: no creo que deba convertirse la prevista inviolabilidad del Jefe del Estado en la posible impunidad de quien lo sea en cada momento. La inviolabilidad está pensada para proteger la institución más alta del Estado de ataques partidistas, para preservar su función representativa y de símbolo de unidad y permanencia del propio Estado. Pero creo, personalmente, que el hecho de que los actos oficiales del Rey exijan del refrendo del Presidente del Gobierno, de sus Ministros, o del Presidente del Congreso, hace que esa inviolabilidad se limite a esos actos que, precisamente, son objeto de refrendo, a los actos a los que, por esa causa, se exime de responsabilidad al Jefe del Estado dado que, además, serían inválidos absolutamente si carecieran del exigido refrendo. Pero otra cosa son los actos en los que el Jefe del Estado, en activo o emérito, pudiera incurrir, civiles o penales. Porque esos actos los comete, en su caso, la persona, pero no el Jefe del Estado en sí, y como persona, en su actuar como tal, mi postura es que debiera ser igual al resto de los ciudadanos. De hecho, hoy el Rey Emérito ha sido ya juzgado y condenado por hechos respecto de los cuales no ha podido siquiera dar su versión, dado que la inviolabilidad, según se interpreta, impide lo que para cualquier ciudadano sería su primer derecho: defenderse frente a aquello de lo que se le acusa. Por ello, no sé lo que ha pasado con el Rey Emérito y los millones en Suiza, salvo lo que se ha publicado en la prensa. Y mientras un juez no establezca la verdad de las cosas, no hay verdad, no al menos para enjuiciar a quien debería poder explicar lo que ha pasado y establecerse así hasta dónde es cierto o no aquello de lo que se le acusa. Quizá en este punto debiéramos preguntarnos si no tiene aquí algo que decir el Tribunal Constitucional, en su función de interpretación de la Carta Magna, y en concreto de la letra de su art. 56.3 CE. Si alguien le pregunta, claro… 

Y por todo lo anterior me parece que el obstáculo que nos plantean a Ud y a mí quienes dicen que solo pueden serlo ellos, sobre que podamos ser y sentirnos republicanos, es otro muy distinto, porque únicamente tratan de tapar sus propias limitaciones y complejos. Respóndales cuando le pongan como ejemplo la francesa, de lo que debería ser una república, que no se puede estar más de acuerdo. Y quédese con el argumento de que allí se puede investigar y hasta condenar a la más alta dignidad del Estado sin que la institución misma se vea afectada, porque tal vez recuerde Ud los escándalos de Giscard y los diamantes centroafricanos, o de MIterrand y la voladura del Rainbow Warrior, o de Chirac y su condena por financiación ilegal, o de Sarkozy y su detención por la gendarmería por supuesta corrupción… No se recuerda a la nación francesa pidiendo la caída de la república por esos hechos protagonizados por sus Jefes de Estado, todos Presidentes de la República, y la instauración de una monarquía a la gala. Pues por ese motivo no veo por qué aquí un Jefe del Estado que se equivoque o se corrompa haya de poner en entredicho la institución si los pecados de los padres no los pagan los hijos, principio bastante republicano, por cierto, por muy reyes que sean y a la vista de las decisiones adoptadas en estas circunstancias. 

Por eso, si Ud, como yo, sabe que disfruta de sus derechos en un país libre y democrático y cree que un Jefe del Estado, aun siendo rey o emérito, debiera poder explicarse, y a partir de ahí separar la responsabilidad personal de la institución que representa, sinceramente, creo que somos, ambos, perfectamente republicanos, y como tales podemos presumir de serlo. Tanto Ud, si a partir de ahí prefiere otro sistema de organización de la Jefatura del Estado, como yo que, le reconozco, no lo tengo tan claro, visto lo que somos, de dónde venimos y lo irrelevante que resulta el hecho biológico o el electivo hoy por hoy de la cuestión. Pero sobre todo por lo arriesgado que supone matar moscas a cañonazos en este país. Si es Ud de debates tranquilos por muy apasionado que resulte el tema y no insulta o escupe a la primera de cambio que le argumentan con cierta coherencia, insisto: republicano. Que prefiramos, en su caso, un sistema político de monarquía parlamentaria o no es otra discusión. Que no nos engañen. Y lo hablamos cuando quiera, que no nos hacen falta banderas para eso si nos quedamos sin palabras. 

Salud.

Juan Ignacio López-Bas es abogado, y ha sido concejal y Diputado en la XIIIª Legislatura.

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